Duelo viene de dolor, y a nadie nos gusta sentir dolor. No nos gusta porque implica pérdida, implica cambio, implica dejar de ser quienes éramos y aceptar que aquello que imaginábamos para nuestro futuro ya no va a suceder.
El duelo forma parte de la vida. Desde que nacemos estamos expuestxs a experiencias que, a veces, son agradables y, otras, nos sacuden de tal manera que marcan un antes y un después. Situaciones que te cambian las reglas del juego sin pedir permiso.
Hay dolor por la muerte de alguien querido; por una ruptura romántica, familiar o de amistad; por un proyecto vital que se cae; por la pérdida de autonomía o capacidades; por un trabajo que se va; por la vida que habías imaginado y ya no.
Y el nexo común de todo esto es siempre parecido: tristeza, nostalgia, echar de menos, ese punto de inflexión que te obliga a reajustarte entera para sostener lo que estás viviendo.
El duelo no se supera. Se transita.
Y cuando permites que te atraviese lo que tenga que atravesarte (sostenidx por una red de apoyo sólida y por los factores de protección que puedas tener) no es que deje de doler: es que, poco a poco, duele un poco menos. La carga se afloja.
Un día escucharás esa canción que conecta con esa emoción, un olor, un plato de comida, un paseo por las calles que disfrutas o disfrutabas, una película que conecte con aquello que removía, pero ya solo notas un ligero pellizco en el estómago, no la sensación de que te arrasa por completo.
Y no, no todo lo que duele trae consigo un aprendizaje o una transformación. A veces simplemente duele, sin más. Sin romantizarlo, sin edulcorantes. A veces es una putada, y ya.
El duelo invisible de la maternidad.
Desde aquí, desde este lugar donde entendemos que no todo duelo viene de una pérdida visible, aparece un tipo de dolor del que casi no se habla: el duelo invisible de la maternidad.
Un duelo silencioso, íntimo, complicado de nombrar. No se ve, no deja un vacío físico, pero sí deja un hueco en la vida que imaginabas. Un futuro posible que no llega. Una versión de ti que no será.
La maternidad es un constructo social, cultural y biológico. Implica deseos, expectativas, renuncias, decisiones y, en ocasiones, límites que vienen de fuera. Y, sea cual sea la historia personal, suele haber un dolor que se invisibiliza: no se pierde algo tangible… pero sí la posibilidad de.
Ese duelo puede venir por distintos motivos:
- Por causas biológicas, que traen consigo culpa, dudas, procesos médicos duros y demasiado solitarios. Y la mente bombardeando con “podría haber hecho…”, “si hubiera…”, buscando explicaciones que no siempre existen.
- Por causas sociales o económicas: no coincidir con alguien con quien compartir el deseo, no querer vivir la maternidad en solitario, o no poder asumirla económicamente. Ahí aparece el dolor por esa expectativa que parecía tan clara y de pronto se desdibuja.
Y todo ello, además, expuesto a preguntas constantes de terceros, muchas veces bienintencionadas, pero igual de dolorosas.
Cuando se mueve la identidad, se mueve todo.
A esto se suma el reajuste de identidad: lo que pensabas que sería tu vida, las reglas (explícitas o no) que la sociedad nos ha ido marcando desde pequeñas, las historias que nos contaron sobre “cómo deberían ser las cosas”.
Y también se reajustan los vínculos. Compartir espacio con personas que sí han cumplido ese propósito puede remover, confrontar y activar el dolor de lo que pudo ser.
El duelo invisible de la maternidad nos conecta con todas esas versiones de nosotras que imaginamos en algún momento y que, por distintas razones, no llegaron a ser. Y eso también pesa. Eso también duele.
Darle espacio también es cuidarte.
Porque sí: también este duelo es real, también merece ser nombrado y también merece un lugar seguro para existir.
Porque duele lo que no fue, lo que no pudo ser, la vida que imaginaste, las versiones de ti que no llegaron a existir.
Y tú mereces un espacio para sostenerlo. ❤️🩹